14 de marzo,

Lluvias de bendición

La Biblia en un año: Deuteronomio 23-25, Marcos 14:1-26

¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti? –Salmo 85:6.


Cuando llueve, la mayoría de la gente entra para no mojarse. Sin embargo, yo recuerdo un día de verano en Tejas cuando la gente salió corriendo de sus oficinas y hogares para que les cayera encima un aguacero. Algunos gritaban, otros bailaban, y todo el mundo estaba contento. Después de meses de tener temperaturas ardientes y una sequía paralizante, el gozo de una lluvia renovadora hizo que empaparse fuera un placer.

De la misma forma que una sequía física nos enseña que no hay nada que pueda sustituir a la lluvia, una época de sequía espiritual nos inculca la verdad de que no podemos vivir sin el renovador Espíritu de Dios. El escritor de himnos Daniel W. Whittle expresó su anhelo de reavivamiento espiritual con estas palabras: «Lluvias de gracia, lluvias pedimos, Señor; mándanos lluvias copiosas, lluvias del Consolador.»

En épocas de sequía espiritual, cuando anhelamos la sensación de la presencia y el poder de Dios, nos hacemos eco de la oración del salmista: «¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Jehová, tu misericordia, y danos tu salvación» (Salmo 85:6-7).

El refrigerio espiritual que deseamos tanto sólo viene de arriba. Sólo Cristo puede satisfacer nuestra sed espiritual con el «agua viva» que Él prometió a todos los que acuden a Él (Juan 4:14).

SÓLO CRISTO, EL AGUA VIVA, PUEDE APAGAR NUESTRA SED ESPIRITUAL.

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