18 de mayo,

Misiones domésticas

La Biblia en un año: 1 Crónicas 4-6, Juan 6:1-21

. . . me seréis testigos . . . hasta lo último de la tierra. --Hechos 1:8.


Una mañana, mientras caminaba por la costa del golfo de México, vi a un hombre de mediana edad sentado en el agua. Intercambiamos saludos y entonces él luchó dolorosamente para ponerse de pie y empezó a caminar.

¡Qué historia de resentimiento y enojo! Cuando era joven estaba a punto de abrir un bufete de abogados cuando fue enlistado en las fuerzas armadas durante la Segunda Guerra Mundial. Estando en la milicia contrajo una enfermedad que le hizo daño tanto a su cuerpo como a su alma.

Por las mejillas le corrían lágrimas. Al percibir que necesitaba conocer el amor de Dios le expliqué el evangelio. Luego le pregunté: «¿No le gustaría confiar en Cristo como Salvador?» Me sentí muy emocionado cuando dijo: «Sí, me gustaría.» De manera que allí mismo, de pie y con el agua hasta las rodillas en el golfo de México una soleada mañana, oramos. Cuando terminamos él me miró y dijo: «¿Se da cuenta de que nadie me había hablado así antes?»

Aquel hombre instruido nunca había escuchado hablar de la gracia salvadora de Dios. Esto parece difícil de creer, ¿verdad? Sin embargo, me pregunto qué sucedería si a todos nos preguntaran: «¿Qué tiempo hace desde que dijiste personalmente una palabra sobre Cristo?» En nuestro entusiasmo de llegar a las multitudes perdidas de allende los mares, no debemos olvidar a la persona perdida que está cerca de nosotros. -RWD

¿TENEMOS UNA CARGA POR LOS PERDIDOS, O HEMOS PERDIDO LA CARGA?

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