Las Profecías del Apocalipsis

Capítulo 12 · El Desarrollo de la Intolerancia Religiosa


La mujer y el dragón

VERS. 1-3: Y una grande señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir. Y fue vista otra señal en el cielo; y he aquí un grande dragón bermejo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas.

PARA comprender esta parte del capítulo se necesita poco más que una simple definición de los símbolos introducidos. Ella puede darse en pocas palabras.

"Una mujer," significa la iglesia verdadera. (2 Corintios 11: 2.) Una mujer corrompida suele representar a una iglesia apóstata o corrompida. (Ezequiel 23:3-4; Apocalipsis 17:3-6, 15, 18.) Por analogía, una mujer pura, como en este caso, representará a la iglesia verdadera. "El sol" significa aquí la luz y la gloria de la era evangélica. "La luna" es el símbolo de la época mosaica. Como la luna resplandece con una luz derivada del sol, así también la era anterior brilló por la luz derivada de la actual. Tenían entonces los tipos y las sombras; nosotros tenemos ahora el antitipo y la substancia. "Una corona de doce estrellas" simboliza apropiadamente los doce apóstoles. "Un grande dragón bermejo" representa la Roma pagana. (Véanse los comentarios sobre los vers. 4, 5.) "El cielo" es el espacio donde el apóstol vió esta representación. No hemos de suponer que las escenas presentadas aquí a Juan se verificaron en el cielo donde Dios reside, pues son sucesos que ocurrieron en la tierra. Esta visión que contemplaron los ojos del profeta parecía desarrollarse en la región ocupada por el sol, la luna y las estrellas que nosotros llamamos el cielo.

Los vers. 1 y 2 abarcan un lapso que empieza precisamente al comienzo de la era cristiana, cuando la iglesia esperaba anhelosamente el advenimiento del Mesías, y se extiende hasta el pleno establecimiento de la iglesia evangélica con su corona de los doce apóstoles. (Lucas 2:25,26,38.)

No se podrían haber hallado símbolos más adecuados e impresionantes que los empleados aquí. La era mosaica brillaba por una luz reflejada de la cristiana, así como la luna brilla por la luz que refleja del sol. ¡Cuán apropiado era, pues, representar la primera por la luna y la segunda por el sol! La mujer, la iglesia, tenía la luna bajo los pies; es decir la era mosaica que acababa de expirar, y estaba revestida por la luz del sol evangélico que acababa de nacer. Por anticipación, se nos presenta a la iglesia plenamente organizada, con sus doce apóstoles, antes que aparezca en el escenario el hijo varón, Cristo. Había de quedar así constituida inmediatamente después que Cristo comenzase su ministerio; y él está más definidamente relacionado con esta iglesia que con la de la época anterior. Es imposible entender erróneamente este pasaje; de manera que esta representación no violenta ningún sistema correcto de interpretación.

VERS. 4-6: Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las echó en tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir, a fin de devorar a su hijo cuando hubiese parido. Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro: y su hijo fue arrebatado para Dios y a su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar aparejado de Dios, para que allí la mantengan mil doscientos y sesenta días.

La tercera parte de las estrellas del cielo El dragón arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo. Si las doce estrellas con que la mujer está coronada denotan, en su uso simbólico, a los doce apóstoles, entonces las estrellas derribadas por el dragón antes de su tentativa de matar al hijo varón, o sea antes de la era cristiana, pueden simbolizar una parte de los dirigentes del pueblo judío. En Apocalipsis 8:12 hemos visto ya que el sol, la luna y las estrellas se usan a veces en sentido simbólico. Judea llegó a ser provincia romana unos sesenta años antes del nacimiento del Mesías. Los judíos tenían tres clases de dirigentes:

los reyes, los sacerdotes y el Sanedrín. Un tercio de éstos, los reyes, fueron quitados por el poder romano. Felipe Smith, después de describir el sitio de Jerusalén por los romanos y Herodes, y su capitulación en la primavera del 37 ant. de J. C., después de una resistencia obstinada que duró seis meses, dice: "Tal fue el fin de la dinastía asmonea, exactamente 130 años después de las primeras victorias de Judas Macabeo, y en el séptimo año desde que Aristóbulo I se ciñera la diadema."1

Esta alusión a las estrellas tiene indudablemente un significado más amplio, y se relaciona con las verdades recalcadas en los vers. 7-9 de este capítulo. Como resultado del conflicto presentado aquí, es evidente que una tercera parte de la hueste angélica, que se unió con Satanás en su rebelión contra el Gobernante del universo, fue arrojada de los atrios gloriosos.

El dragón se paró delante de la mujer Es ahora necesario identificar al poder simbolizado por el dragón, y esto puede hacerse muy fácilmente. El testimonio concerniente al "hijo varón" que el dragón procura destruir resulta aplicable solamente a un ser que haya aparecido en esta tierra, a saber nuestro Señor Jesucristo. Ningún otro fue arrebatado a Dios y a su trono. Pero él sí fue así exaltado. (Efesios 1:20, 21; Hebreos 8:1; Apocalipsis 3:21.) Ningún otro recibió de Dios la comisión de regir todas las naciones con vara de hierro, pero él sí fue designado para esta obra. (Salmo 2:7-9.)

No cabe la menor duda de que el hijo varón representa a Jesucristo. Es igualmente evidente el tiempo al cual se refiere la profecía. Fue el tiempo en que Cristo apareció en este mundo como niño en Belén.

Resultará ahora fácil descubrir cuál es el poder simbolizado por el dragón, porque éste representa a algún poder que intentó destruir a Cristo cuando nació. ¿Se realizó alguna tentativa tal? ¿Quién la hizo? Ninguna respuesta necesita cualquiera que haya leído cómo Herodes, en un diabólico esfuerzo por destruir al niño Jesús, mandó matar a todos los niños de Belén de dos años para abajo. Pero ¿quién era Herodes? Era un gobernador romano, pues su poder derivaba de Roma, que reinaba entonces sobre todo el mundo (Lucas 2:1), y por lo tanto desempeñó un papel como actora responsable en ese acontecimiento. Además, Roma era el único gobierno terrenal que en aquel entonces podía verse simbolizado en la profecía, por la sencilla razón de que su dominio era universal. Tienen pues los comentadores protestantes en general razones concluyentes para considerar que el Imperio Romano es el poder indicado por el gran dragón bermejo.

Tal vez merezca mencionarse el hecho de que durante el segundo siglo, el tercero, el cuarto y el quinto de la era cristiana, el dragón era, después del águila, la principal enseña de las legiones romanas. Ese dragón se pintaba en rojo, como para corresponder fielmente al cuadro presentado por el vidente de Patmos y proclamar: Roma es la nación representada aquí.

Como lo hemos visto. Roma intentó destruir a Jesucristo por la maquinación infernal de Herodes. El niño nacido a la iglesia que esperaba y velaba, era nuestro Redentor adorable, que pronto ha de regir las naciones con vara de hierro. Herodes no pudo destruirlo. Todas las potencias combinadas de la tierra y del infierno no pudieron vencerlo. Aunque la tumba lo tuvo un momento en su poder, rompió sus crueles ligaduras, abrió un camino de vida para la humanidad, y fue arrebatado a Dios y su trono. Ascendió al cielo a la vista de sus discípulos, dejándoles a ellos y a nosotros la promesa de que volvería.

La iglesia huyó al desierto cuando el papado quedó firmemente establecido en 538, y allí fue sustentada por la palabra de Dios y el ministerio de los ángeles durante la larga, sombría y sangrienta dominación de aquel poder durante 1.260 años.

VERS. 7-12: Y fue hecha una grande batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles, y no prevalecieron, ni su lugar fue más hallado en el cielo. Y fue lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña a todo el mundo; fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Y oí una grande voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la salvación, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado, el cual los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; y no han amado sus vidas hasta la muerte. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡ Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros, teniendo grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo.

Guerra en el cielo Los primeros seis versículos de este capítulo, como se ha visto, nos llevan al fin de los 1.260 años en 1798, fecha que señaló el fin de la supremacía papal. En el vers. 7, es igualmente claro que se nos hace retroceder a siglos anteriores. ¿Hasta dónde? Al tiempo introducido en el comienzo del capítulo, es decir al momento del primer advenimiento, cuando con ingenio infernal Satanás, obrando por medio del poder de la Roma pagana, procuraba matar al Salvador de los hombres; y aun más atrás, al mismo comienzo de la gran controversia entre la verdad y la iniquidad, cuando en el cielo mismo Miguel (Cristo) y sus ángeles peleaban contra el dragón (Satanás) y sus ángeles. Para obtener pruebas de que Miguel es Cristo, véase Judas 9; 1 Tesalonicenses 4:16; Juan 5:28, 29.
No prevalecieron Gracias a Dios porque en ese antiquísimo conflicto el engañador supremo fue derrotado. Como "Lucero, hijo de la mañana," con envidia y odio en su corazón, acaudilló presuntuosamente a una hueste de ángeles desafectos en una rebelión contra el gobierno de Dios. Pero la Escritura dice que "no prevalecieron," "fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él."

Siglos más tarde, cuando Cristo vino por primera vez a la tierra, "aquel gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás," hizo un esfuerzo supremo bajo el disfraz del gran dragón bermejo, que representaba a Roma pagana, para destruir al Redentor del mundo. Satanás estaba aguardando la misión de Cristo en la tierra como su última oportunidad de tener éxito en la destrucción del plan de salvación. Se presentó a Cristo con tentaciones capciosas y con la esperanza de vencerle. Procuró de diversas maneras hacer dar muerte a Cristo durante su ministerio. Cuando hubo logrado ponerlo en la tumba, procuró con maligna alegría retenerlo en ella. Pero el Hijo de Dios salió triunfante de cada encuentro; y transmite esta misericordiosa promesa a sus fieles discípulos: "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono." (Apocalipsis 3:21.) Esto nos demuestra que Jesús sostuvo una guerra mientras estaba en la tierra, y obtuvo la victoria. Satanás vió fracasar su último esfuerzo y su última maquinación. Se había jactado de que vencería al Hijo de Dios cuando viniera a cumplir su misión en este mundo, y así haría fracasar ignominiosamente el plan de salvación. Bien sabía que si se lo frustraba en su último esfuerzo desesperado de estorbar la obra de Dios, perdería su última esperanza y cuanto pudiese tener. De acuerdo con el vers. 8, no prevaleció, y por esto puede cantarse: "Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos."
Su lugar no fue mas hallado en el cielo Satanás y los ángeles caídos habían sufrido una terrible derrota, que Cristo describe así: "Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del ciclo." (Lucas 10:18.) Y Pedro nos dice que a aquellos ángeles caídos Dios "con cadenas de obscuridad, los entregó para ser reservados al juicio." (2 Pedro 2:4.)

Para siempre pereció la esperanza que durante largo tiempo acarició, de vencer al Hijo del hombre cuando asumiese nuestra naturaleza. Su poder quedó limitado. No pudo ya aspirar a un encuentro personal con el Hijo de Dios, pues Cristo le había vencido. De entonces en adelante la iglesia (la mujer) es objeto de su malicia, y recurre a todos los medios nefandos que iban a caracterizar su ira contra ella.

Pero se oye cantar en el cielo: "Ahora ha venido la salvación." ¿Cómo es esto, si estas escenas pertenecen al pasado? ¿Habían venido ya la salvación, la fortaleza y el reino de Dios, y el poder de su Cristo? De ninguna manera; sino que este canto se entonaba con miras al futuro. Aquellas cosas estaban aseguradas. Había sido ganada por Cristo la gran victoria que decidía para siempre la cuestión de su establecimiento.

El profeta echa luego un rápido vistazo a la obra de Satanás desde su tiempo hasta el fin (vers. 11, 12), o sea el plazo durante el cual los fieles "hermanos" vencen por la sangre del Cordero y la palabra de su testimonio, mientras que la ira del enemigo se intensifica a medida que se va acortando el tiempo que le queda.

Fue Satanás quien indujo a Herodes a dar muerte al Salvador. Pero el agente principal que empleo el jefe de los rebeldes para guerrear contra Cristo y su pueblo durante los primeros siglos de la era cristiana fue el Imperio Romano, cuya religión dominante era el paganismo. De modo que, si bien el dragón representa primordialmente a Satanás, simboliza en un sentido secundario a la Roma pagana.

VERS. 13-17: Y cuando vio el dragón que él había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había parido al hijo varón. Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que de la presencia de la serpiente volase al desierto, a su lugar, donde es mantenida por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo. Y la serpiente echó de su boca tras la mujer agua como un rio, a fin de hacer que fuese arrebatada del río. Y la tierra ayudó a la mujer, y la tierra abrió su boca, y sorbió el río que había echado el dragón de su boca. Entonces el dragón fue airado contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo.

La iglesia en el desierto Aquí se nos hace regresar una vez más al tiempo en que Satanás comprendió plenamente que había fracasado en sus tentativas contra el Señor de gloria mientras éste cumplía su misión terrenal. Entonces se volvió con furia decuplicada, como se ha notado ya, contra la iglesia que Cristo había establecido. Vemos luego a la iglesia en la condición que aquí se describe como una huída "al desierto." Ella debe denotar un estado de aislamiento de las miradas públicas, y un ocultamiento de delante de sus enemigos. Aquella iglesia que durante toda la Edad Media lanzó como con trompeta sus órdenes a la cristiandad y ostentó sus vistosos estandartes ante muchedumbres asombradas, no era la iglesia de Cristo; era el cuerpo del misterio de iniquidad.

El "misterio de la piedad" fue Dios manifestado aquí como hombre; el misterio de iniquidad fue un hombre que aseveraba ser Dios. Tal fue la gran apostasía producida por la unión del paganismo con el cristianismo. La verdadera iglesia estaba escondida. Adoraba a Dios en lugares secretos. Pueden considerarse como buenos ejemplos de esto las cavernas y los rincones ocultos de los valles del Piamonte donde la verdad del Evangelio se apreciaba como sagrada y se la substraía a la ira de sus enemigos. Allí velaba Dios sobre su iglesia, y por su providencia la protegía y sostenía.

Las alas de águila que se le dieron significan apropiadamente la premura con que la iglesia se vió obligada a buscar refugio cuando el hombre de pecado quedó instalado en el poder. Con este fin le fue facilitada la asistencia de Dios. Dios usa una figura parecida al describir la manera en que trató al antiguo Israel: "Vosotros visteis lo que hice a los egipcios--les dice por Moisés,--y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí." (Éxodo 19:4.)

La mención del plazo durante el cual la mujer es mantenida en el desierto, "un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo," en una frase similar a la usada en Daniel 7:25, nos proporciona la clave para explicar este último pasaje. El mismo plazo se llama en Apocalipsis 12:6, "mil doscientos y sesenta días." Esto demuestra que un "tiempo" es un año, 360 días; dos "tiempos," dos años, o 720 días; y "la mitad de un tiempo," medio año, o 180 días, lo cual da un total de 1.260 días. Como son días simbólicos, significan 1.260 años literales.

La serpiente arrojó de su boca agua como un río para arrebatar la iglesia. Por sus falsas doctrinas el papado había corrompido y avasallado todas las naciones, de modo que pudo ejercer un control absoluto del poder civil durante largos siglos. Por su medio Satanás podía lanzar la poderosa inundación de la persecución contra la iglesia en todas direcciones, y no tardó en hacerlo. (Véase, en las observaciones sobre Daniel 7:25, lo dicho con referencia a las terribles persecuciones que sufrió la iglesia.) Millones de creyentes fieles fueron arrebatados por el río, pero la iglesia no fue completamente absorbida, pues los días fueron acortados por causa de los escogidos. (Mateo 24:22.)

"La tierra ayudó a la mujer" abriendo su boca y sorbiendo el río. La Reforma protestante del siglo XVI inició su obra. Dios suscitó a Martín Lutero y sus colaboradores para que expusieran el verdadero carácter del papado y quebrantasen el hechizo con que la superstición había esclavizado las mentes. Lutero clavó sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg; y la pluma con que las escribió, según el sueño simbólico del buen elector Federico de Sajonia, cruzó en verdad el continente, e hizo tambalear la triple tiara en la cabeza del papa. Los príncipes empezaron a abrazar la causa de los reformadores. Fue el amanecer de la luz y la libertad religiosa, y Dios no iba a permitir que las tinieblas absorbiesen su brillo.

El hechizo quedó quebrado. Los hombres descubrieron que las bulas y los anatemas del papa caían impotentes a sus pies tan pronto como se atrevían a ejercer el derecho que Dios les diera de regir sus conciencias por su Palabra solamente. Los defensores de la verdadera fe se multiplicaron. Pronto hubo bastante suelo protestante en Europa y el Nuevo Mundo para sorber el río de la furia papal y quitarle su poder de dañar a la iglesia. Así ayudó la tierra a la mujer y ha continuado ayudándole hasta ahora, puesto que las principales naciones de la cristiandad han venido fomentando el espíritu de la Reforma y la libertad religiosa.
Guerrea contra el remanente Pero el dragón no ha terminado su obra. El vers. 17 nos presenta un estallido final de su ira, esta vez contra la última generación de creyentes que viva en la tierra. Decimos la última generación porque la guerra del dragón se dirige "contra el residuo de su simiente [de la mujer]" (V.M.), o sea de la verdadera iglesia, y ninguna generación sino la última podría describirse con verdad como el residuo. Si es correcto opinar que ya hemos llegado a la generación que ha de presenciar las escenas finales de la historia terrenal, esta guerra contra la verdad no puede estar muy lejos en el futuro.

Caracteriza a este residuo el hecho de que guarda los mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesucristo. Esto indica que en los postreros días iba a realizarse una reforma relativa al día de reposo, porque solamente acerca de él hay diferencia de fe y práctica en lo referente a los mandamientos entre los que aceptan el Decálogo como la ley moral. Esto se recalca más particularmente en el mensaje de Apocalipsis 14:9-12.

1 Felipe Smith, "History of the World," torno 3, pág. 181.


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